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lunes, 21 de noviembre de 2016

Los pájaros violetas también vuelan

La incertidumbre era tan grande que, por primera vez en mucho tiempo, me sentí nerviosa y no sabía qué esperar. Faustina ¿podría hacerlo? ¿Saldría con su traje de pajarito violeta a desplegar sus alas en el escenario? ¿Movería sus bracitos como me había mostrado revoloténdolos y diciendo pio pio? ¿Qué haría? Tal era la ansiedad que casi me olvido de preguntarme si disfrutaría con lo que le tocaba hacer!
En la foto: Faustina y Clarita de la mano,
 haciendo su entrada en el escenario disfrazadas de pajarito.

Hace apenas un par de años atrás, cualquier martes a las 18:30 seguramente yo andaba sentada en algún bar tomando café con amigos, sin imaginar que un tiempo después estaría disfrutando y sufriendo a la vez, ansiosa y emocionada, porque mi pequeña hija de dos años actuaría de pajarito al finalizar su jardín maternal. Tampoco sabía que iba a tener una niña con síndrome de Down, ni que me tendría loca de amor o confundida porque, en esta ocasión, no sabía qué esperar.

Me senté en primera fila para verla y sacar fotos y esperaba su salida al escenario sabiendo que un niño de tan poca edad podía pararse a mirar a la gente, llorar por el hecho de estar frente a todos o bailar como si nada.

La verdad es que no tenía idea si mi hija era capaz de seguir la coreografía, las indicaciones de las maestras o cómo sería su comportamiento. Lo que iba a suceder allí era una verdadera incógnita para mí. Mi mamá, en cambio, estaba segura que podía bailar como todos pero pensaba que Faustina podía detenerse en medio del acto y distraerse con algún detalle del traje, abstrayéndose de lo que sucediera a su alrededor. Y Faustina nos sorprendió a las dos.

Inauguró la entrada de las aves de la mano de Clarita, batiendo suavecito las alas y dando la vuelta completa alrededor de una gran tela verde que luego sacudirían entre todos. Se movía a pasitos lentos acompañando la música, con su capita violeta, con piquito naranja y ojitos en la capucha, mientras yo estallaba de emoción. Por los rostros de mi mamá y la abuelita de Clari  rodaban lágrimas (no es fácil ser abuela, eh!) y mi mamá le decía a la persona que tenía en el asiento de al lado "¡esa es mi nieta!". Yo no podía detener mis labios que decían "hija, te amo" "te amo" "mi amor, te amo", repitiéndolo hasta el cansancio, también llorando (para qué voy a negarlo) y con la emoción que me atravesaba el cuerpo entero.

Era la primera vez que Faustina actuaba. Es bastante raro decir que no sabía qué esperar. Uno siempre espera algo de los hijos, tiene determinadas expectativas, proyecta, imagina, espera... Pero realmente esta vez no podía saber qué haría Fausti: ¿iría para cualquier lado? ¿Haría lo mismo que los compañeros? ¿Se sentaría en medio del escenario a observar? ¿Me buscaría entre los padres? ¿Querría hacer eso? ¿Se abocaría a quitarse los flecos que usaba de tobillera? ¿Lloraría? ¿Reiría? ¿Correría por todo el escenario o seguiría lo planificado para el grupo de aves del museo de ciencias naturales?

Faustina y sus compañeros de jardin sacudiendo la gran
tela verde, disfrazados de pajaritos.
Frente a todas mis dudas, Faustina se movía cómoda en las tablas, bajo las luces de colores y al ritmo de la música, siguiendo la coreografía junto a los otros cuatro pajaritos de colores que hacían el show, hermosos, tan chiquitos... hasta que se sacó la capucha y le molestó la tela que le colgaba!

Fue entonces que se paseó por el escenario con una hermosa sonrisa de oreja a oreja que hizo que yo también me riera y me sintiera feliz porque lo estaba disfrutando mucho. Del llanto pasé a la risa como si nada. Cualquiera que la haya visto salir se hubiera emocionado y estoy segura que todos también se rieron viéndola pasearse tan sonriente con la alegría que nos regalaba.

Luego se detuvo a sacarse una manga, se paró apoyada en una pared y estuvo un rato ahí tratando de sacarse el traje y, por supuesto, ya no quiso saber nada de actuación! "No, no. Esto ya no es lo mío". Aunque Clarita la miraba para alentarla a que siguiera (siempre estaba con la mirada atenta para ayudarla), Faustina ya no quiso bailar.

Ya no nos importaba.  Había estado magnífica y lo había disfrutado. Al terminar el acto, la felicitamos, la disfrutamos, la mimamos y la aplaudimos mucho. Pero sobre todo fuimos felices con su alegría porque su sonrisa reflejaba la diversión que sentía y sus bracitos aleteando nos hicieron saber que los pájaros violetas, tengan o no tengan síndrome de Down, también vuelan, como todos.

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lunes, 24 de octubre de 2016

Faustina: egresadita del jardín maternal

Faustina venía dando sus pasitos sobre el pequeño escenario y con una gran sonrisa que le festejaba el cuerpo, inestable todavía porque se apuraba, con los ojos achinados de la alegría y los bracitos abiertos para abrazarme. Mientras tanto, mi cuerpo era una hoja que temblaba en un vaivén de emociones y los ojos eran dos estanques de agüita que la miraban venir hacia mí con su remera de "egresadita" del Jardín maternal, tan grande, tan pequeña, tan hermosa, tan ella, mi hija, mi amor, mi cielo, todo.

En la foto, con Faustina recibiendo su remera y diploma
de egresada del Jardín maternal. Fotografía: gentileza Yanina Francisco.
Su ceremonia de egresada de sala violeta fue inolvidable. Todavía mantengo la emoción, desde ese momento, donde mi pulguita movediza recibió su diploma, junto a sus compañeros, por finalizar la sala de dos años y una remera que usarán como distintitvo hasta que termine el ciclo. 

“Un niño es como un ovillo, va desovillándose poco a poco, tomando forma, creciendo, creando. No lo aprietes ni lo sueltes, simplemente, ayúdalo a ser”. Con estas palabras de un poema anónimo, la señorita Daiana inauguró el acto de entrega de diplomas y remeras a los "egresaditos" de la Sala violeta, mientras yo pensaba que para darle forma a un niño con síndrome de Down simplemente hay que tratarlo como persona y que para "ayudarlo a ser" sólo hay que dejar de ver su discapacidad como algo limitante.

El recuerdo de la angustia y la ansiedad de los primeros días se desvanecían después de su primer ciclo de jardín, donde Faustina y yo vivimos un hermoso año de sorpresas, de risas, de nuevas experiencias, de amor, de certezas. La experiencia vivida me decía que mi hija y su jardín cumplían todas mis expectativas y cerraban las puertas que habían habilitado los temores sobre cómo sería su transitar por la vida escolar que recién comenzaba. Ella seguía desplegando su sonrisa a boca abierta y, luego del abrazo de recibir a su mamá, posaba encantada para las fotos, mirando con sus ojitos achinados al público del salón y celebrando con alegría el momento.

Con la ceremonia llegó el final de una etapa y se inició una nueva dimensión en mí: el fin de los ciclos escolares se augura como una nueva experiencia de emociones, de alegrías y tristezas, de expectativas y balances, de recuerdos y vivencias, de metas alcanzadas y nuevos horizontes. Parece que los actos serán un buen momento para alegrarse por su crecimiento y también para derramar las lágrimas de emoción que guardo adentro y que siempre están ahí esperando para salir a rodar por mis mejillas.

Aunque todavía a veces los miedos y las incertidumbres sobrevuelan mis pensamientos, tengo intacta la certeza de que ella hará una buena experiencia de vida e inclusión. Gracias Yanina, mamá de Helena, por las fotos y a todos los papás que me enviaron sus fotos que ya son parte de nuestro albúm del evento!

Felicidades hija! Acabas de egresar del Jardín maternal!

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sábado, 2 de abril de 2016

Hay una parte de la vida de Faustina que ya no es mía

Hay una parte de la vida de Faustina que ya no es mía. ¿Será por eso que todavía me siento triste cuando la dejo en el Jardín? Por primera vez desde que nació siento que no tengo acceso a una porción de su vida diaria. Con su entrada al Maternal dejó de estar bajo mi atenta mirada, al menos durante las cinco horas que pasa allí dentro. La sensaciòn es rara todavía.

Ella ya comienza a transitar su propio camino. Inició un despegue que trae para mí algo de angustia porque no sé qué está pasando allí dentro de la sala. Entiendo que la pasa bien con sus compañeros y las señoritas y que es sano para su desarrollo que comience a tener sus propios espacios, actividades, relaciones con otras personas, pero eso no quita que yo sienta que ya perdí una parte de Faustina. Y es que, como dice el refrán, "los hijos son de la vida".

Hace unos días mi amiga Marcela que es mamá de una hija adulta y otra adolescente me dijo muy acertadamente que esa pequeña porción a la que yo no tenía acceso iba aumentando hasta revertirse en su proporción. A medida que van creciendo los hijos van sumando porciones de tiempo en que ya no están bajo nuestra tutela y finalmente, de la gran torta que representa su día o su vida, al final sólo vamos viendo una porción cada vez más pequeña a medida que se hacen más grandes e independientes.

Quizás con el ingreso de Faustina al Maternal este sentimiento se haya adelantado un poco. Lo cierto es que buena parte del día ella ya no está conmigo, ni en nuestra casa. Y aunque sé que está muy bien disfrutando momentos en el Jardín, no dejo de pensar que todo fue muy rápido para que pasara de estar jugando en casa agarrada de mis piernas a estar sentada en una pequeña sillita a la mesa del Jardín donde comparte el desayuno con los compañeros, cual verdadera señorita.

Lo que pase allí, entre las paredes del Jardín, ya no me corresponde verlo porque es su espacio y el de sus amigos y maestros. ¿Eso es lo que duele? ¿Como papás queremos saber todo el tiempo de nuestros hijos? ¿Es sólo porque es chiquita que lo veo así? Me consuelo pensando que mi hija tiene la suerte de vivir todas esas experiencias, de crecer alegremente, de ir ganando terreno en otros espacios fuera de casa y de mis brazos y de afianzarse en los vínculos con los otros, todos aspectos muy importantes para crecer como persona.

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martes, 15 de marzo de 2016

Mi hija se adaptó al jardín ¿Y yo?

Hace apenas tres días Faustina empezó el Jardín maternal y se adaptó tan bien que ya completó el horario! Entra contenta, sin llorar, me saluda con la manito y se va con las señoritas a la sala.

Ya está, eso fue todo. Tanto esperar con ansiedad este momento de inicio del jardín y todo sucedió tan rápido que no tuve tiempo de procesarlo. Ella, que todavía no tiene dos años, se adaptó perfectamente y yo todavía suelto lagrimones por tener que dejarla cumpliendo su horario completo.

El primer día entré con ella a la sala. La recibieron las maestras y los compañeritos y ni bien vimos que se quedaba interactuando con los demás, salí de la sala (como habíamos acordado con las maestras). Entonces dije "la espero afuera" y me dijeron "andá a tu trabajo y volvé a las diez menos cuarto". "Ya, tan rápido", dije algo temerosa... "Tu hija está jugando lo más bien".

Subí a mi auto y lloré. La emoción era muy grande. Faustina, mi pequeña hija con síndrome de Down,  acababa de comenzar su escolaridad, su vida social, su educación formal. Empezaba una nueva etapa. Podría ser un desafío muy grande que haya confiado su educación a un jardín común, donde tiene que ir si pretendemos su plena inclusión, en igualdad de condiciones que los demás chicos.

Llegué a mi trabajo y no podía dejar de pensar cómo estaría, qué estaría haciendo... hasta que recibí una foto que me enviaba mi amiga Marcela, a través del whatsapp. Era Faustina en plena acción en la sala violeta, con sus compañeritos, mirando lo que proponía la maestra. Era mi hija! Faustina estaba ahí para mí! Y toda la angustia de no saber qué estaba haciendo dentro de la sala se transformó en una emoción enorme de verla en esa imagen tomada hacía apenas unos minutos. Pero ¿cómo era posible que mi amiga Marcela tuviera una foto de mi hija en el Jardín? La frase que acompañaba la foto decía: "Tengo corresponsales para cubrir el primer día de Fausti en el jardín!". Lloré más todavía... mi amiga, gran amiga y periodista, había arreglado con la Directora del jardín sacarle las fotos para mandármelas de sorpresa!

No paré de llorar por un largo rato. El valor de la amistad no tiene precio y sentí, una vez más, que no estaba sola en la aventura de vivir. Mis amigos siempre están ahí con pequeños grandes gestos que pueden estrujarte el corazón y hacerte sentir cuánto te quieren y acompañan.

Cuando la fui a buscar, Fausti se quedó un rato más porque estaba jugando en el patio y se iba a tomar el desayuno con los amiguitos. Salió agotada pero feliz y al día siguiente ya se quedó tres horas, participó de la clase de educación física, jugó con masa, bailó y cantó, entre otras cosas.

Hoy ya hizo horario completo. Entró sin llorar, observando todo lo que sucede  a su alrededor. Pero les confieso que yo me quedé angustiada. Se me hizo larga la espera. "Tantas adaptaciones habrás conducido!", me dijo mi amiga recordando que durante muchos años fui maestra jardinera. Y es cierto, pero como mamá lo vivo de otra manera, es lógico. Hoy me toca estar del otro lado y me alegra que Faustina se haya adaptado sin inconvenientes y disfrute, pero yo también tengo que hacer mi adaptación! El cambio de vida es muy grande. Un "año bisagra" para ambas, como me dijo la psicomotricista.

No sé si todas las mamás sienten lo mismo pero si tuvieras una hija con síndrome de Down que empieza el Jardín maternal, seguramente también estarías ansiosa, esperanzada, feliz, emocionada... y con una mezcla de alegría y emociones intensas que te tendría agotada como a mí!

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